Y una noche volvió Beethoven

01.07.2013 22:28

El Círculo se llenó de gente que asistió para ver al pianista Bruno Gelber ejecutar el concierto n.º 3 del célebre compositor alemán. Además, el maestro Nicolas Rauss dirigió su orquesta.

(Por Santiago Minaglia) Cuando las luces del teatro bajaron y quedó sólo iluminado el escenario con un aura cetrina, todos hicieron silencio. La sala principal de El Círculo estaba repleta de gente que murmuraba ansiosa mientras los músicos de la Orquesta Sinfónica Provincial de Rosario terminaban de afinar sus instrumentos. Pero entonces, el presentador anunció un cambio obvio en el programa: primero tocaría la orquesta dirigida por el maestro Nicolas Rauss y luego vendría lo que todos más esperaban: la interpretación del tercer concierto para piano de Beethoven en manos del inefable Bruno Gelber.

Minutos después apareció en escena Rodolfo Marchesini, el concertino. La gente cambió el silencio por un vigoroso aplauso. Entonces sonó el concomitante “La” que viene siempre acompañado de la llegada del concertino. Los instrumentos confirmaron la afinación sostenidamente. Ya todo estaba listo para empezar la noche, y Nicolas Rauss surgió acompañado de más aplausos.

La orquesta ejecutó la “Sinfonía Nº 6 en fa mayor, op. 68, Pastoral”. Beethoven subtituló su obra “Recuerdos de la vida campestre” y es una de las pocas obras programáticas del gran compositor. Cabe mencionar que la música programática hace referencia a la que tiene por objeto evocar ideas o imágenes extra-musicales en la mente del oyente, contrariamente a la música en sí, que se toma como un fenómeno estrictamente sonoro.

Beethoven fue un amante de la naturaleza y de ahí surgió la idea para esta obra monumental. El compositor se refirió a su obra como “más expresión de sentimientos que pintura de sonidos”. También la sinfonía rompió con el esquema clásico de cuatro movimientos, al tener ésta cinco. Los nombres de los movimientos mencionados son: “Sensaciones agradables, alegres, que despiertan en el Hombre al llegar al campo”, “Escena junto al arroyo”, “Alegre Reunión de campesinos”, “Relámpagos. Tormenta” y el último, el “Himno de los pastores. Sentimientos benévolos ligados al agradecimiento hacia la Divinidad después de la tormenta”. La sinfonía dura aproximadamente 40 minutos.

De todas formas, lo anterior sirve para darse una vaga idea –aquellos que no la tienen-, pero no explicaría jamás lo que con su batuta y por medio de movimientos marcados dirigió el maestro Rauss. El director nació en Ginebra (Suiza) y dirige desde 2008 la Orquesta Sinfónica Provincial de Rosario. Se caracteriza por un trabajo estilístico muy particular que se escuchó con gran atención de la gente aquella noche. La cúpula de la sala, en la cual se pueden ver risueños serafines tocando liras y jugueteando, acompañaba perfectamente el clima musical.

Entonces llegó el turno de Gelber, lo más esperado. Luego de un inquietante interludio, apareció uno de los mejores cien pianistas del siglo, y sin lugar a dudas uno que quedará en la memoria por su interpretación de Beethoven. La gente lo recibió con un caluroso aplauso y él se dispuso en el taburete a la espera de silencio. No deja de resultar extraño cómo de un momento a otro del silencio se pasa al ruido, y de súbito, tan rápido como surgió, se disipó.

El concierto comenzó primero con la orquesta, Gelber digitaba en sus rodillas lo que momentos después serían notas de un sonido puro con un marcado control de la sonoridad y los matices. Luego de aproximadamente dos minutos y medio de ejecución orquestal, apareció el pianista con fuertes escalas en do menor mostrando fielmente el ímpetu beethoviano. A la hora de la coda, es decir la cadencia (aquella parte del concierto donde el piano queda solo), Gelber desplegó todo su virtuosismo y control sonoro por medio de trinos suaves en continua aceleración, generando un clímax que invita al paroxismo de la introspección más conmovedora.

El concierto seguramente también habrá tocado las fibras emocionales más profundas de Bruno Gelber, pues fue con él que debutó por primera vez a los 10 años bajo la dirección del gran Scaramuzza. Cuando éste terminó, con el vigor que sólo Beethoven podía pensar y Gelber puede realizar, la sala estalló en aplausos y vítores, que se mantuvieron durante tres salidas del pianista.

La oscura noche, sin rastros de las estrellas, fue iluminada por Beethoven, Gelber y Rauss, y resultó más convincente que la luz estelar. La música cesó, pero la gente salía de la sala al foyer, de éste al ambigú y luego a la calle, todavía en trance. Dos grandes genios se encontraron a través de tiempos y espacios diferentes. Esa magia que promueve el arte, inmortal, sempiterna. Y aquellos que escucharon ese encuentro, jamás lo podrán olvidar.

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